Del campo de batalla al operador remoto

Cómo se reconfiguró el juego de seguridad

Un operador de drones sentado en una base de Nevada puede eliminar un objetivo en Irán sin cruzar jamás una frontera. En el conflicto Rusia - Ucrania, un soldado con una tablet coordina enjambres de drones que destruyen tanques a kilómetros de distancia. En las operaciones contra Gaza, la inteligencia artificial selecciona objetivos más rápido que cualquier cadena de mando humana. Esto no es el futuro: es la configuración actual del juego de seguridad. Y entenderla exige abandonar la idea de que la guerra sigue siendo lo que era.

Abstract

This article analyzes the evolution of the security game since 1945 through the analytical framework of the Geopolitical Game (Arráez, 2026). It identifies four successive configurations: mass direct confrontation, guerrilla warfare, hybrid covert warfare, and remote algorithmic warfare. The central argument is that the transformation of the security game is not merely technological but structural: it involves the expansion of the battlefield from the territorial field to the satellite, digital, and cognitive fields, and the coupling of the security game with the technological, cognitive, and governance games. Two core ideas emerge from this analysis: first, the Capacity of Influence (Ci) in the security game is no longer the monopoly of conventional armies, but is redistributed among remote operators, algorithms, and non-state actors with access to critical technological nodes; second, the dominant game migrates continuously, forcing actors to manage explicit trade-offs across coupled subsystems. The article concludes that confusing the metrics of one game with those of another constitutes a fatal diagnostic error in Postnormal Times.

Keywords: Geopolitical Game, security game, remote warfare, drone warfare, hybrid war, satellite field, cognitive field, technological game.

Palabras clave: Juego Geopolítico, juego de seguridad, guerra a distancia, guerra con drones, guerra híbrida, campo satelital, campo cognitivo, juego tecnológico, 

Cuatro configuraciones, un mismo juego

Desde 1945, el juego de seguridad —uno de los nueve juegos interconectados que componen el sistema geopolítico— ha atravesado al menos cuatro configuraciones sucesivas, cada una con reglas, actores y campos de batalla distintos.

La primera configuración fue la confrontación masiva directa. La Segunda Guerra Mundial legó al mundo la lógica del choque de ejércitos, la ocupación territorial y la disuasión nuclear. El campo de batalla era eminentemente geográfico-territorial: se ganaba o se perdía controlando suelo, ciudades, fábricas. Las reglas eran brutales pero claras, y los actores dominantes eran los Estados con grandes aparatos militares convencionales.

La segunda configuración emergió en las periferias. Corea, Vietnam y las luchas de liberación en África demostraron que un actor con inferioridad militar convencional podía reconfigurar el juego cambiando las reglas: la guerra de guerrillas convirtió la selva, la montaña y el apoyo popular en el nuevo campo. El problema dominante del juego de seguridad —el dilema de mantener poder suficiente para evitar la coerción— se reformuló: ya no bastaba con tener más tanques si el enemigo se disolvía entre la población. Estados Unidos, con toda su capacidad de incidencia (Ci), no pudo imponer su capacidad de reconfiguración (Cr) en Vietnam.

La tercera configuración fue la guerra híbrida encubierta. Durante la Guerra Fría y después, el juego de seguridad migró parcialmente hacia los juegos de gobernanza e identidad. Operaciones encubiertas, golpes de Estado, asesinatos selectivos de líderes como Lumumba, Allende o Sankara, y campañas de desestabilización se convirtieron en jugadas centrales. El campo se expandió: ya no era solo el territorio, sino también las instituciones políticas internas de otros países. Las reglas cambiaron porque la confrontación nuclear directa era inviable, y los actores encontraron que era más rentable desestabilizar que invadir.

La cuarta configuración es la que vivimos hoy: la guerra a distancia. Drones, misiles de precisión, satélites de reconocimiento, guerra electrónica e inteligencia artificial han producido una nueva reconfiguración del juego de seguridad donde la confrontación directa entre ejércitos se vuelve cada vez más excepcional.


La idea medular: el campo se expandió, y con él, las reglas del juego

El modelo del Juego Geopolítico ofrece una herramienta analítica precisa para entender lo que realmente cambió. No fue solo la tecnología. Fue la expansión del campo de batalla del dominio geográfico-territorial hacia los dominios satelital, digital y cognitivo, y eso alteró simultáneamente los actores, las reglas y los criterios de evaluación del juego de seguridad.

Cuando un satélite detecta un movimiento de tropas, un algoritmo procesa la imagen, un drone ejecuta el ataque y una campaña en redes sociales justifica la operación ante la opinión pública, estamos ante un acoplamiento de campos que el modelo describe con claridad: una acción en el campo satelital transforma las capacidades militares en el campo territorial, y una campaña en el campo cognitivo redefine las reglas que operan en todos los campos. Los campos no son compartimentos estancos; están acoplados de manera que una acción en uno produce efectos en los demás.

Esto tiene una consecuencia profunda: la capacidad de incidencia (Ci) en el juego de seguridad ya no es monopolio de los ejércitos convencionales. Un actor no estatal con acceso a drones comerciales modificados, como se ha visto en Ucrania, puede generar efectos que antes requerían una fuerza aérea. Una corporación que opera una constelación de satélites —como SpaceX con Starlink— se convierte en un actor con capacidad de reconfiguración (Cr) del juego de seguridad, como demostró Irán en febrero de 2026 al neutralizar terminales de Starlink mediante interferencia sofisticada.

El juego de seguridad, que el modelo caracteriza como de suma cero en el corto plazo —lo que un actor gana en seguridad, otro lo pierde—, se ha vuelto paradójicamente más peligroso precisamente porque los costos de entrada han bajado. Ya no se necesita un ejército de millones para participar. Un operador remoto, un hacker, un algoritmo de selección de objetivos: todos son piezas nuevas en un tablero que se ha expandido más allá de lo que cualquier marco teórico tradicional de la geopolítica podía anticipar.

 

 Una segunda idea: la migración entre juegos como estrategia

El modelo del Juego Geopolítico identifica un fenómeno clave: la migración de un juego a otro. Cuando las estrategias en el juego inicial alcanzan un límite —por costos, resistencias o saturación—, los actores buscan nuevas vías de influencia.

Esto es exactamente lo que ocurrió con la seguridad. La confrontación nuclear directa alcanzó su límite en la Guerra Fría: el costo era la aniquilación mutua. La guerra convencional masiva alcanzó su límite en Vietnam e Irak: el costo político y económico era insostenible para las potencias. La respuesta no fue abandonar el juego de seguridad, sino migrar sus jugadas hacia otros juegos: el tecnológico (drones, satélites, IA), el cognitivo (narrativas de legitimación, guerra informativa) y el económico (sanciones como arma de guerra).

Hoy, un conflicto como el de Rusia y Ucrania no se entiende solo como un juego de seguridad. Es simultáneamente un juego energético (control del gas y las rutas de suministro), un juego tecnológico (la dependencia de Starlink, la guerra electrónica), un juego cognitivo (la batalla por la narrativa global) y un juego de gobernanza (sanciones, aislamiento institucional). El juego dominante puede ser el de seguridad en un momento dado, pero puede migrar hacia el económico o el cognitivo a medida que evolucionan las condiciones.

 

¿Hacia dónde migra el juego?

Si la historia del juego de seguridad desde 1945 es la historia de una expansión progresiva del campo —del territorio a la guerrilla, de la guerrilla a lo encubierto, de lo encubierto a lo remoto y algorítmico—, la pregunta que impone el modelo no es ¿cuál será la próxima arma?, sino ¿cuál será la próxima reconfiguración de las reglas?

Porque en el Juego Geopolítico, la incertidumbre es dura: la creatividad de los actores y la interacción de múltiples variables generan externalidades no previstas. Y cada reconfiguración produce un estado temporal, inestable, sujeto a nuevos cambios. El operador en Nevada que dispara sobre Irán no es el final de la evolución. Es una configuración transitoria que emerge del acoplamiento entre condiciones estructurales —la tecnología disponible, la distribución del poder— y procesos dinámicos de interacción estratégica que aún no podemos predecir del todo.

Lo que sí sabemos, gracias al marco analítico del Juego Geopolítico, es que quien confunda las métricas de un juego con las de otro cometerá errores de diagnóstico fatales. No es lo mismo "ganar" en el juego de seguridad territorial que en el cognitivo o en el tecnológico. Y en un mundo donde un drone, un satélite y un algoritmo operan acoplados, confundir esos juegos ya no es un error académico: es una vulnerabilidad estratégica.

Este artículo se basa en el marco analítico del Juego Geopolítico, que conceptualiza la geopolítica contemporánea como un sistema de nueve juegos interconectados —seguridad, gobernanza, energía y recursos, ambiental-sanitario, económico, tecnológico, identidad, geográfico-territorial y demográfico-social— que operan en múltiples campos (territorial, satelital, digital, cognitivo) y se reconfiguran dinámicamente por la acción creativa de los actores.

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