Cuatro casos para comprender la Geopolítica de los Hidrocarburos
El análisis de la seguridad energética y de los recursos naturales suele comenzar con una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién posee el recurso? Sin embargo, los cuatro casos examinados —Venezuela y Estados Unidos, el conflicto en torno a Irán y los chokepoints de Ormuz y Bab el-Mandeb, el gas ruso y la Unión Europea, y las Islas Malvinas— muestran que esa pregunta es insuficiente. La posesión física de un recurso no equivale necesariamente a control, disponibilidad estratégica o poder. Entre el recurso y su utilización existen cadenas de producción, tecnologías, infraestructuras, rutas, mercados, financiación, regulaciones y actores capaces de modificar las condiciones de acceso.
La aplicación del modelo operacional del Juego de la Seguridad
Energética y de Recursos Naturales permite observar algo más profundo: el
objeto estratégico no son los recursos considerados aisladamente, sino las relaciones
de dependencia que se construyen alrededor de ellos y la capacidad de los
actores para modificarlas. En los cuatro casos aparece una misma lógica: un
actor intenta reducir una vulnerabilidad, asegurar un recurso o mejorar su
posición y, al hacerlo, modifica la estructura del sistema. Esa modificación
puede crear nuevas capacidades, nuevas vulnerabilidades y, en algunos casos,
trasladar el problema hacia otro lugar.
Venezuela–Estados Unidos: controlar el petróleo no significa necesariamente poseerlo
El caso venezolano permite comprobar una de las distinciones
fundamentales del modelo: propiedad y control son dimensiones diferentes.
El análisis mostró que la cuestión estratégica no puede reducirse a quién es
formalmente propietario de las reservas petroleras. Lo relevante es quién puede
condicionar la producción, la comercialización, los ingresos, las inversiones, la
tecnología, las empresas participantes y las jurisdicciones en las que se
desarrollan las operaciones. Un recurso puede continuar perteneciendo
formalmente a un Estado y, al mismo tiempo, quedar sometido a diferentes grados
de condicionamiento externo (enforcement distribuido).
El hallazgo central fue que el poder energético aparece en la cadena
de conversión del recurso, no solamente en el subsuelo. Petróleo,
infraestructura, tecnología, capital, empresas, mercados y mecanismos
regulatorios forman una arquitectura en la que diferentes actores pueden ocupar
posiciones estratégicas. El control de un solo eslabón puede otorgar capacidad
de presión sobre los demás. De este modo, la disputa por el petróleo puede
desplazarse desde el territorio y la propiedad hacia las condiciones concretas
que permiten convertir las reservas en producción e ingresos.
El caso también mostró el mecanismo de transferencia de dependencia.
Una estrategia destinada a reducir el aislamiento o las restricciones sobre la
producción venezolana puede simultáneamente incrementar la dependencia respecto
de determinadas empresas, mercados, tecnologías, capitales o jurisdicciones. El
problema, por tanto, no desaparece necesariamente: puede cambiar de forma y
trasladarse dentro de la cadena. Esta observación resulta central para el
modelo porque obliga a preguntar, ante cualquier estrategia de diversificación
o apertura, no solamente qué vulnerabilidad se elimina, sino qué nueva
dependencia se está creando.
Irán, Ormuz y Bab el-Mandeb: cuando las alternativas dejan de ser realmente alternativas
El caso del conflicto en torno a Irán permite llevar el modelo hacia
una dimensión diferente: la relación entre geografía, infraestructura y
seguridad energética. El estrecho de Ormuz concentra una parte crítica del
comercio mundial de petróleo y gas, mientras que Bab el-Mandeb conecta el
océano Índico con el mar Rojo y constituye una vía alternativa para
determinados flujos energéticos y comerciales. El análisis mostró que una ruta
alternativa no debe considerarse automáticamente una alternativa efectiva. Para
que exista una verdadera alternativa estratégica debe poseer capacidad
suficiente, ser accesible, económicamente viable, tecnológicamente utilizable y
mantenerse disponible durante el período en que se necesita.
El principal hallazgo fue la importancia de los chokepoints
funcionales. Cuando diferentes puntos críticos de una red comienzan a
presentar restricciones simultáneas, la vulnerabilidad no aumenta simplemente
de manera proporcional. La reducción de alternativas puede producir efectos no
lineales: aumentan los recorridos, los fletes, los seguros de riesgo de guerra,
los tiempos de tránsito y los costos de oportunidad, mientras disminuye la
capacidad de absorber nuevas interrupciones. La vulnerabilidad energética, por
tanto, no depende únicamente de cuánto petróleo o gas existe, sino de cuántas
rutas efectivamente utilizables quedan disponibles para convertir ese recurso
en suministro.
El caso permitió además observar con claridad el acoplamiento entre
juegos. Una acción inicialmente relacionada con la seguridad militar puede
afectar la geografía de las rutas; la modificación de las rutas afecta el
suministro energético; el suministro modifica los precios, los seguros y los
costos industriales; estos efectos impactan la economía y pueden volver a
producir consecuencias sobre la seguridad. El proceso puede representarse como
una cadena circular: seguridad → geografía → energía → economía → seguridad.
El denominado “intercambio de problemas” aparece cuando evitar un chokepoint
desplaza la presión hacia otro, cuando el uso intensivo de reservas reduce los
colchones futuros o cuando una solución logística genera nuevas
vulnerabilidades.
Gas ruso–Unión Europea: la
autoinmunidad geopolítica
El caso del gas ruso y la Unión Europea mostró con particular claridad
que reducir una dependencia no significa necesariamente reducir la
vulnerabilidad total del sistema. La Unión Europea redujo de manera
sustancial su dependencia del gas ruso mediante sanciones, reducción de
demanda, almacenamiento, importaciones de LNG, nuevas infraestructuras y
diversificación de proveedores. Pero la sustitución modificó la arquitectura de
dependencia: disminuyó la exposición a un proveedor específico y aumentó la
exposición al mercado mundial del LNG, al transporte marítimo, a las terminales
de regasificación y a la competencia internacional por cargamentos.
La crisis de 2022 mostró cómo una perturbación localizada puede
propagarse a través de toda la estructura energética. La reducción del
suministro de gas ruso contribuyó al fuerte aumento de los precios mayoristas
europeos; el gas, a su vez, afectó los precios de la electricidad y los costos
industriales, que finalmente alcanzaron a hogares, inflación y crecimiento
económico. El hallazgo no es simplemente que “el gas ruso era importante”, sino
que la posición de un actor dentro de una cadena puede transmitir una
perturbación mucho más allá del punto en el que se origina.
Este caso permitió fortalecer el concepto de “autoinmunidad
geopolítica” como mecanismo analítico: una estrategia destinada a reducir
una vulnerabilidad externa puede activar retroalimentaciones que trasladan o
amplifican parte de esa vulnerabilidad dentro del propio sistema que intenta
protegerse. Esto no implica que la estrategia haya sido necesariamente
irracional o que la reducción de la dependencia rusa careciera de beneficios.
Significa que pueden coexistir dos resultados: una vulnerabilidad específica
disminuye mientras otra aumenta. La seguridad energética, por tanto, debe
evaluarse frente a distintos tipos de shocks y no mediante una única medida de
dependencia.
El caso modifica además nuestra comprensión de la diversificación.
Tener más proveedores no garantiza necesariamente una arquitectura más
diversificada. Si todos dependen de las mismas rutas marítimas, tecnologías,
terminales, mercados financieros o infraestructuras, la dependencia puede
simplemente cambiar de ubicación. La verdadera diversificación exige reducir
dependencias estructurales, no solamente aumentar el número de proveedores.
Malvinas: cuando un conflicto
territorial se acopla con la disputa por los recursos
El caso de las Islas Malvinas introdujo una dinámica diferente. La
disputa de soberanía es histórica y precede ampliamente al desarrollo petrolero
contemporáneo. Por ello, el petróleo no explica el origen del conflicto
territorial. Sin embargo, la decisión de avanzar hacia la explotación de
hidrocarburos modifica profundamente la estructura estratégica de la disputa.
El territorio deja de ser solamente el espacio sobre el cual se reclama
soberanía y pasa a ser también el soporte de una cadena potencial de producción
energética, inversión, infraestructura, tecnología e ingresos.
El desarrollo del proyecto Sea Lion permite observar este proceso. El
recurso geológico debe convertirse en producción mediante licencias, capital,
tecnología offshore, perforación, infraestructura, logística y
comercialización. En consecuencia, la cuestión estratégica no es simplemente
quién “tiene” el petróleo, sino quién controla los diferentes eslabones que
permiten transformar ese petróleo en una realidad económica. El control
territorial, la autoridad regulatoria, las empresas, la financiación y la
infraestructura comienzan a formar una misma arquitectura estratégica.
El hallazgo fundamental es que el Juego Geográfico y el Juego Energético
no se sustituyen: se acoplan. La disputa territorial determina quién
puede otorgar licencias y desarrollar el recurso; pero el desarrollo del
recurso puede, a su vez, aumentar el valor estratégico de la posición
territorial y generar nuevas inversiones, intereses empresariales,
infraestructura y dependencias. Se produce así una retroalimentación: territorio
→ control → recursos → inversión → producción → consolidación de la posición →
territorio.
Malvinas también muestra una modalidad diferente de presión. Argentina
no necesita controlar físicamente el territorio para intentar afectar la
explotación de los recursos. Puede actuar sobre empresas, proveedores,
inversiones, jurisdicciones y mecanismos regulatorios (como en Vaca Muerta). El conflicto puede
desplazarse así desde el territorio hacia la cadena de producción energética.
Es una demostración de que, en el Juego de la Energía y los Recursos Naturales, la
capacidad de presión puede ejercerse sobre la red que convierte el recurso en
valor, incluso cuando no se controla directamente el recurso ni el territorio
donde se encuentra.
Lo que los cuatro casos revelan
en conjunto
Los cuatro casos permiten extraer un hallazgo común: el recurso
natural es solamente el punto de partida del juego. El poder aparece cuando
un actor consigue transformar una disponibilidad material en una capacidad
estratégica. Para ello necesita controlar o influir sobre cadenas de acceso,
infraestructura, tecnología, capital, transporte, mercados, regulación y
alternativas. Por eso, petróleo, gas o minerales no deben analizarse únicamente
en términos de reservas o producción. Es necesario reconstruir la arquitectura
que permite convertirlos en seguridad, autonomía, ingresos, capacidad de
presión o vulnerabilidad.
También emerge una segunda conclusión: la dependencia es relacional y
dinámica. Venezuela muestra que la propiedad no elimina el condicionamiento
externo; Europa muestra que sustituir un proveedor puede trasladar la
dependencia hacia otra arquitectura; Ormuz muestra que disponer de rutas
alternativas no significa necesariamente poseer alternativas efectivas;
Malvinas muestra que la explotación de un recurso puede modificar las
relaciones de dependencia creadas por una disputa territorial. En todos los
casos, la pregunta decisiva es qué alternativas tiene cada actor y cuánto
cuesta, cuánto tiempo requiere y qué nuevas dependencias genera utilizarlas.
Un tercer hallazgo es la importancia de las retroalimentaciones.
Las jugadas no producen solamente el resultado inmediato que busca el actor.
Modifican la configuración del sistema y generan respuestas, adaptaciones y
nuevas condiciones. Una sanción puede producir sustitución; la sustitución
puede generar una nueva dependencia; esa dependencia puede convertirse
posteriormente en vulnerabilidad. Una nueva ruta puede evitar un chokepoint y
crear otro. Una inversión energética puede generar ingresos y simultáneamente
consolidar una posición territorial. Una apertura económica puede reducir una
restricción y aumentar la dependencia de determinados actores.
Finalmente, los cuatro casos permiten precisar qué significa analizar la
seguridad energética desde el Juego Geopolítico. No se trata de
preguntar quién posee más recursos, sino quién puede modificar las dependencias
que determinan las alternativas de los demás. La unidad de análisis deja de
ser exclusivamente el recurso y pasa a ser la relación estratégica construida
alrededor de él. De esta manera, el modelo permite observar cuándo un recurso
se convierte en poder, cuándo una dependencia se convierte en vulnerabilidad,
cuándo una vulnerabilidad se transforma en capacidad de presión y cuándo una
estrategia destinada a resolver un problema termina creando otro.
La principal enseñanza de estos cuatro casos es, por tanto, que la
seguridad energética no es un estado de abastecimiento, sino una configuración
estratégica en permanente transformación. Los actores intentan asegurar
recursos, diversificar proveedores, controlar rutas, reducir dependencias,
crear alternativas y explotar las vulnerabilidades de otros. Pero cada
movimiento altera el sistema. Comprender el juego exige seguir esas
transformaciones: identificar qué dependencia existía, qué jugada intentó
modificarla, qué respuesta produjo, qué nueva dependencia apareció y qué reconfiguración
terminó emergiendo.
Es precisamente en ese punto donde el análisis de recursos naturales
deja de ser un inventario de reservas y comienza a convertirse en análisis
geopolítico del sistema de dependencias, capacidades y alternativas.
Referencia
Arráez F., (2026). El Juego de la Seguridad Energética y los Recursos Naturales. Centro de Análisis de Juegos Geopolíticos.