Ormuz y la guerra de suma negativa: cuando la interdependencia energética redefine el conflicto global
El Estrecho de Ormuz no es un accidente geográfico; es un nodo geoeconómico crítico que domina el flujo energético del planeta. Por ahí pasa cerca del 20 % del petróleo y una parte sustancial del gas natural licuado (GNL) que alimenta a las economías desarrolladas y emergentes. No es solo una ruta marítima en el golfo Pérsico: es el cuello de botella que liga producción y consumo globales, y su brida condiciona mercados, inflación, deuda y estabilidad política a escala planetaria. (Global Energy)
Ormuz como termostato global
En el contexto actual del conflicto entre Estados
Unidos, Israel e Irán, la amenaza (o materialización parcial) de cierre o
interrupciones en el Estrecho de Ormuz ha generado un claro salto de tensión en
los mercados energéticos. Reuters informa que el tránsito por Ormuz, que
representa una quinta parte del comercio mundial de crudo y volúmenes
significativos de gas, se ha visto tan perturbado que las rutas han quedado
estancadas y los precios del petróleo y gas han subido con fuerza. (Reuters)
Cuando una fracción tan crítica del suministro
mundial se ve amenazada, las repercusiones se propagan de manera inmediata. El
alza del crudo impulsa no solo el precio de la gasolina, sino también los costos
industriales, el transporte y la producción manufacturera global. Las cadenas
de suministro se tensan y la inflación —ya vulnerada por múltiples shocks desde
la guerra en Ucrania— recibe un nuevo impulso ascendente. (El País)
Un juego de suma negativa
Esto convierte a la actual crisis no en una suma
cero entre Estados directamente involucrados, sino en una suma negativa para
el sistema global. Si el conflicto escalara hasta ataques sistemáticos a
infraestructura petrolera del Golfo o un cierre prolongado de Ormuz, el impacto
no se limitaría a Medio Oriente. Europa y Asia, grandes demandantes
energéticos, enfrentarían fuertes perturbaciones en su crecimiento económico y
estabilidad política, con presiones inflacionarias que podrían traducirse en
mayor tensión social y desequilibrios fiscales. (ieefa.org)
Europa, por ejemplo, depende de importaciones de
gas y petróleo que atraviesan ese estrecho. Interrupciones allí podrían poner
en jaque no solo sus termostatos energéticos, sino también sus políticas
monetarias, como ya empieza a observarse con posibles retrasos en recortes de
tasas por parte de bancos centrales y presiones inflacionarias renovadas. (Reuters)
China, India, Japón y Corea del Sur están todavía
más expuestos: un gran volumen de su consumo energético depende directamente de
los flujos a través de Ormuz y carecen de alternativas logísticas viables a
corto plazo. (AInvest)
Estados Unidos y Venezuela: seguridad
energética bajo presión
En este tablero, la seguridad energética se
convierte en herramienta de geopolítica. En este contexto, el caso de Venezuela
emerge como ejemplo instructivo de cómo las economías petroleras pueden verse
arrastradas al centro de grandes disputas geopolíticas. Durante años, Venezuela
estuvo bajo sanciones energéticas de Estados Unidos que limitaron sus
exportaciones de crudo y redujeron drásticamente su papel en los mercados
internacionales. Las sanciones de Estados Unidos a la industria petrolera
venezolana hicieron caer las exportaciones en un 38 % en 2025 frente al año
anterior, aunque el país siguió figurando entre los diez principales
proveedores de EEUU a pesar de esa caída. (Diario Versión Final)
Es importante entender que esas sanciones actuaron
como restricción a la demanda de corporaciones petroleras, preparando
un terreno de escasa participación venezolana en el mercado global justo cuando
la producción mundial enfrenta riesgos de interrupción. Bajo esa lógica, no fue
casualidad que, tras un giro de eventos políticos y militares a principios de
2026 —incluyendo la captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas
estadounidenses—, el bloqueo a las exportaciones de petróleo venezolano se
reconfigurara. En enero de 2026, las exportaciones del país subieron hasta unos
800 000 barriles por día después de que Estados Unidos facilitara el transporte
y venta de esos volúmenes que estaban almacenados y bloqueados por sanciones. (El Observador)
Este movimiento introduce una cadena de agresiones
y reajustes estratégicos conectados por la seguridad energética: sanciones,
restricciones de exportación, acciones militares y reorientación de mercados.
Más allá del caso venezolano, hay indicios de que Washington ha buscado
confiscar cargamentos de crudo venezolano que, según las autoridades
estadounidenses, estaban siendo utilizados para evadir sanciones y beneficiar
estructuras vinculadas a Irán. (justice.gov)
En el tablero global, la lógica es clara: al
tensionarse el suministro que pasa por Ormuz, los países consumidores de
energía buscan aliviar vulnerabilidades estructurales diversificando fuentes y
asegurando suministros alternativos. Venezuela, con las mayores reservas
probadas de crudo del planeta, apareció como opción —todavía limitada en
capacidad productiva real, pero estratégica— para cubrir parte de la pérdida
potencial de mercado causada por la interrupción o el riesgo en el Golfo
Pérsico. (guinnessgi.com)
Sin embargo, hay dos matices críticos que conviene
aclarar:
- La recuperación del sector
petrolero venezolano sigue siendo parcial y dependiente de condiciones
externas.
Aunque las exportaciones crecieron en enero, el país todavía opera por
debajo de su potencial histórico debido a décadas de subinversión,
sanciones y deterioro de infraestructura. (guinnessgi.com)
- El volumen venezolano,
aunque significativo, no reemplaza de manera equivalente la producción
iraní ni la de otros países del Golfo. La escala del flujo que pasa por Ormuz es
extraordinaria, y ningún solo proveedor alternativo puede compensar de
inmediato esa pérdida sin ajustes estructurales profundos.
Esto nos lleva a una observación estratégica más
amplia: los conflictos energéticos no ocurren en compartimentos aislados. La
presión sobre Venezuela para que aumente sus volúmenes exportables bajo
condiciones favorables a Estados Unidos no es un accidente geopolítico aislado,
sino una manifestación de cómo la interdependencia energética global complica
cualquier intento de “aislar” mercados o actores. Cuando una vía crítica como
Ormuz está amenazada, la demanda de energía no desaparece: se redistribuye,
buscando proveedores alternativos incluso a costa de complejas maniobras
políticas y económicas.
Y aquí radica la regla implícita del sistema: nadie
puede escalar sin pagar costos sistémicos. Las tensiones en Medio Oriente
han elevado los precios del petróleo y podrían mantenerlos en niveles que
superen los 100 dólares el barril si la situación persiste. (Diario Financiero) Esto no solo encarece la
gasolina en Estados Unidos sino que presiona la inflación global, afecta el
costo de vida en Europa y Asia, e introduce nuevas vulnerabilidades en cadenas
de suministro ya tensas.
Por tanto, el caso venezolano —sancionado,
reconfigurado y ahora reinsertado en parte como proveedor— no es un punto de
llegada, sino un síntoma de cómo los conflictos energéticos redefinen
relaciones de poder y dependencia en la geopolítica contemporánea. El Estrecho
de Ormuz y la redistribución de suministros alternativos como el crudo
venezolano reflejan un sistema interdependiente donde una perturbación en un
nodo crítico se propaga globalmente, haciendo que la guerra energética sea, en
el mejor de los casos, un juego de suma negativa para todos los participantes.
Impactos que no respetan
fronteras
Las consecuencias del cierre o las amenazas
alrededor del Estrecho no se quedan en el sector energético. Altos precios del
crudo y el gas impulsan:
- Inflación global en bienes y servicios que
dependen de energía barata. (Reuters)
- Daño a las cadenas
logísticas que
ya sufren cuellos de botella estructurales. (infobae)
- Mayor presión política
interna en
gobiernos europeos y asiáticos que enfrentan costos crecientes en energía
y transporte. (ieefa.org)
- Tensiones en mercados
financieros con
caídas bursátiles ante la incertidumbre energética. (Cinco Días)
Incluso sin un cierre formal, el solo incremento de
riesgo hace que las navieras eviten el paso, encarezcan seguros o redirijan
rutas, ampliando costos y tiempos de entrega. (El País)
Conclusión: la interdependencia como
limitante estratégica
El Estrecho de Ormuz expone una paradoja del siglo
XXI: nadie puede escalar sin pagar costos sistémicos, porque la
interdependencia energética es demasiado profunda. Este juego geopolítico es de
suma negativa: las ganancias tácticas de un bando pueden traducirse en pérdidas
estructurales para el sistema global.
En este contexto, la presión sobre fuentes
alternativas, incluida Venezuela para Estados Unidos, no elimina las
dependencias energéticas de Europa y Asia. Más bien pone en evidencia que los
riesgos energéticos del conflicto en Ormuz —su potencial cierre, interrupciones
repetidas o guerra en el Golfo— trascienden cualquier cálculo bilateral y
exigen una reconfiguración de estrategias de seguridad energética,
diversificación de proveedores y reconsideración de la vulnerabilidad de las
rutas críticas del comercio mundial. (Global Energy)
El resultado, si no se logra una salida negociada
del conflicto, será un mercado más volátil, mayores presiones inflacionarias y
una economía global más fracturada. Y en esa ecuación, ningún actor queda
indemne.
