¿Importa que la narrativa sea verdadera en el juego de las ideas e identidad? (1)

Una lectura desde las relaciones internacionales previas a una agresión

En geopolítica no siempre gana quien tiene la razón factual. A veces gana quien construye la narrativa más funcional para sus objetivos estratégicos, aunque sea factualmente débil o incluso falsa. En las relaciones internacionales previas a grandes decisiones —como la agresión militar, sanciones económicas o cambios de régimen— las narrativas no compiten por verdad, sino por utilidad dentro de un campo de poder. El impacto de una narrativa no se mide por su veracidad objetiva, sino por su capacidad para reorganizar identidades, alianzas y legitimidades políticas.

Este fenómeno se vuelve evidente cuando revisamos algunos casos paradigmaticos de las últimas décadas y su papel en la política exterior global.

Irak 2003 y las armas de destrucción masiva: narrativas que habilitan decisiones estratégicas

Antes de la invasión de Irak en 2003, la administración estadounidense sostuvo una narrativa fundamentada en la existencia de armas de destrucción masiva (ADM) en poder de Saddam Hussein, capaces de representar una amenaza inmediata para Estados Unidos y la región. El entonces secretario de Estado Colin Powell incluso presentó esta acusación ante el Consejo de Seguridad de la ONU como fundamento para la intervención. 

Posteriormente, tras la invasión, las inspecciones y análisis oficiales concluyeron que no se hallaron ADM significativas, y la mayoría de los argumentos iniciales resultaron erróneos o inflados. (The National) A pesar de ello, la narrativa fue lo suficientemente potente para construir consenso político y social para la guerra. La cuestión no fue si era verdadera, sino si era convincente y oportuna para los objetivos de Estados Unidos en ese momento.

Aquí se observa una dinámica típica del juego de las ideas: la narración operó como instrumento de legitimación política en un contexto de incertidumbre y miedo, más que como una representación fiel de hechos verificables.



Venezuela y el “Cartel de los Soles”: narrativas en tensiones hemisféricas

En 2025-26, las acusaciones sobre el papel de Venezuela en el narcotráfico han sido un punto central en las relaciones entre Estados Unidos y Caracas. El propio gobierno estadounidense designó al llamado Cartel de los Soles como organización terrorista extranjera, señalándolo como parte de una estrategia de amenazas a la seguridad regional.

Sin embargo, voces críticas argumentan que esta narrativa está sobreextendida o manipulada. El presidente de Colombia, Gustavo Petro, llegó a afirmar que la idea del Cartel de los Soles como estructura dominante es comparable, en términos narrativos, a la de las ADM en Irak —una construcción que cumple una función política más que una descripción fiel de la realidad del narcotráfico en Venezuela.

Este contraste no invalida la existencia de crimen organizado, ni elimina evidencias de corrupción o de grupos ilícitos, en muchos países. Pero pone de manifiesto que la narrativa dominante puede ser una construcción que sirve a intereses específicos, moldeando identidades y justificaciones de política exterior más que reflejando una verdad establecida y consensuada.

Fentanilo y el discurso sobre amenazas no convencionales

En 2025, parte de la retórica estadounidense para justificar operaciones y muertes extrajudiciales en el Mar Caribe, y en particular, respecto a Venezuela, incorporó elementos retóricos en torno al fentanilo y la crisis de opioides en Estados Unidos. Algunos analistas señalaron que equiparar el fentanilo con una amenaza comparable a armas de destrucción masiva, o presentarlo como justificación principal para intervenciones armadas, es una narrativa construida con componentes de emergencia y peligro existencial que funcionan bien políticamente, pero carecen de una base empírica directa que los vincule causalmente con acciones bélicas específicas en el Caribe o en la región.

Esto no significa que la crisis de los opioides, en EE.UU, no sea real, sino que su incorporación a narrativa de seguridad internacional responde a objetivos estratégicos y discursivos, no a una correspondencia directa con hechos internacionales verificables.

Derechos humanos y protestas internacionales: eficacia vs. verdad factual

Otro espacio donde la narrativa supera la verdad factual es el de las protestas internacionales y su uso en la política de legitimación de intervenciones o sanciones. Las narrativas sobre derechos humanos en movilizaciones (por ejemplo, en Irán o en otros puntos de tensión global) a menudo se generalizan como motivos centrales de presión internacional o aislamiento político, aun cuando las complejidades locales sugieren una variedad de actores, agendas y dinámicas internas mucho más complejas de lo que la narrativa simplificada presenta. En esos casos, la verdad factual es menos estructurante para la política internacional que la narrativa que permite organizar alianzas y presiones diplomáticas.

Lo importante: eficacia narrativa para la intervención

Estos ejemplos muestran que en relaciones internacionales, la verdad factual no siempre es el determinante último. Lo que importa, estratégicamente, es cómo una narrativa:

1.    configura identidades (amigo/enemigo, civilización/barbarie),

2.    legitima acciones políticas o militares ante públicos internos o externos,

3.    articula alianzas intergubernamentales o multilaterales,

4.    crea marcos heurísticos que simplifican la complejidad al servicio de decisiones.

Por eso, narrativas que más tarde resultan falsas o exageradas —como la existencia de ADM en Irak— pueden ser suficientes para provocar decisiones irreversibles (guerras, sanciones, intervenciones), precisamente porque la política se juega en el campo de percepción, no solo en el de los hechos.

La narración como campo de poder no neutro

Desde la perspectiva del Juego Geopolítico, las narrativas son infraestructuras cognitivas de poder. La verdad factual importa, pero no como condición necesaria para la acción —sino como uno de muchos recursos que pueden o no ser usados para fortalecer una narrativa funcional. Esta distinción produce varios efectos estratégicos:

·      Legitimación operativa: una narrativa eficaz permite justificar acciones sin depender de evidencia incontrovertible.

·    Externalización de costos: al trasladar un problema (terrorismo, drogas, amenaza de armas), el actor que construye la narrativa moviliza otros actores a asumir costos políticos o económicos.

·     Gestión de identidades: narrativas construyen marcos de pertenencia, amenaza y legitimidad que afectan la percepción pública y las alianzas entre Estados.

¿Verdad o funcionalidad?

La política internacional no ignora la verdad. Pero la define operacionalmente: una narrativa es valiosa no cuando es verdadera en abstracto, sino cuando es funcional para reorganizar el campo de poder a favor de quien la promueve.

En este sentido, la pregunta no es si la narrativa es verdadera, sino para quién funciona, en qué contexto y con qué efectos colaterales. El impacto de las narrativas de ADM en Irak, del “Cartel de los Soles” o del fentanilo en Venezuela no se mide por su correspondencia con la realidad objetiva, sino por cómo reconfiguran identidades, legitimidades y estructuras de incentivos en el sistema internacional.

Eso explica por qué las narrativas sobreviven incluso después de que su veracidad factual es puesta en duda: porque su función geopolítica ya se cumplió, y el campo de poder ya fue reorganizado en torno a ellas.

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